21 sept 2008

El desastre del vertedero de Bens

«Fue un momento de vergüenza y de tristeza, porque no hay que olvidar que allí murió un coruñés». Así recordaba Francisco Vázquez una de las mayores catástrofes ecológicas de la ciudad el día en que el desastre ya estaba resuelto con la inauguración del parque de Bens. Cinco años antes, una gigantesca montaña de basura lanzaba un bramido antes de desplomarse sobre O Portiño. Faltaban pocos minutos para las diez de la mañana del 10 de septiembre de 1996 cuando 200.000 metros cúbicos de desperdicios rodaron por la falda del monte. El alud arrasó todo ?cuanto encontró a su paso, tragándose la vida de Joaquín Serantes, un hombre de 58 años que limpiaba su coche en el riachuelo que existía en la zona. Aquella catástrofe avivó la conciencia ecológica de las autoridades de entonces, que se obstinaron en convertir el estercolero más grande de Galicia en un parque de 600.000 metros cuadrados.

La ciudad sacó músculos de aquel desastre y, después de duros enfrentamientos políticos, con una ministra de Medio Ambiente -Isabel Tocino- negando la declaración de zona catastrófica y la oposición echando en cara al gobierno local que el derrumbe «se veía venir», surgió la idea de Nostián y del reciclaje. La reacción municipal fue rauda. El alcalde se puso el traje verde y buscó el aval de Greenpeace para instaurar un sistema de tratamiento de basuras «lo más ecológico posible». Cuatro años después de la hecatombe, el vertedero estaba sellado y el alcalde presumía de la planta de Nostián. El futuro de la basura ya no era negro, sino verde.



En la memoria también quedó el accidentado realojo de los vecinos de O Portiño en el palacio de los deportes. Allí permanecieron un mes. Fueron días tensos. Durante su estancia hubo un incendio, reproches al Ayuntamiento y destrozos. Cuando regresaron a sus casas, el gobierno local procedió «a la limpieza, desinfección y fumigación» de las instalaciones, ya que, entre otras cosas, se encontraron ?alimentos en avanzado estado de putrefacción. El entonces concejal de Deportes, Juan Manuel iglesias Mato, denunciaba que «las cajas de los conductos eléctricos fueron manipuladas, ya que enchufaron sus electrodomésticos, televisiones, vídeos y hasta antenas parabólicas artesanales».

Juan Gabarri es uno de los que pasaron en el palacio de deportes aquel mes. Recuerda que vivían «en condiciones inhumanas, con suciedad y frío». Doce años después no olvida «el poco apoyo de los políticos, que nos encerraron allí sin preocuparse siquiera de los niños». Cree que «hoy en día no se hubiese permitido un trato tan malo».

Historia

Este vecino puede escribir la historia del basurero de Bens, creado a comienzos de los años setenta. Esa escombrera inicial fue sellada en 1980, y se abrió otra un puñado de metros más arriba. Allí, la basura se amontonó sin mesura. Niños y mayores se disputaban con las gaviotas los desperdicios. A Bens, muy pronto, le empezó a brotar una barriga de basura. En 1992, el Ayuntamiento llegó a incluir en los presupuestos una partida para crear un muro de contención en la zona, faja de la que nunca más se supo. Dos años después, y en el marco de unas jornadas de medio ambiente organizadas por el Concello, los expertos alertaron sobre un muy probable derrumbe del basurero. Acertaron. A los dos años cayó.




En el anecdotario del vertedero, Bens ha sido camposanto de delfines, palomas e incluso un elefante y un león que habían muerto en un circo. Llegaba el animal, se cavaba una zanja y se echaba cal viva. Bens tragaba con todo. Hasta que vomitó.

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